jueves, 23 de enero de 2014

Rituales tradicionales con la placenta

Extraído de Placenta: rituels et usage thérapeutiques
Cornelia Enning. 2010
Editiones du Hêtre
Traducido por M Velo para MatronaTaurt


El remedio popular más antiguo: la placenta (II)


Quién me conoce, me ama

Tras el nacimiento de un bebé, la placenta sigue siendo funcional por un tiempo. Incluso hasta dos horas después, cuando la sangre deja de fluir por el cordón umbilical, éste deja de latir. Durante mucho tiempo nuestros antepasados pensaban que parte del alma del bebé permanecía en la placenta. Tras el nacimiento, sigue cumpliendo su función como raíz, como thallus (palabra griega que significa almacén) y de cuerpo nutriente y fértil.  Es por esto que nunca debe estar demasiado lejos del bebé. El árbol que se plante sobre la placenta debe estar cerca de la casa. 

En algunas regiones, la placenta se cuelga en el interior de la casa para que se seque o en un árbol como ofrenda a los cuervos de Odin. En Yemen, incluso hoy en día, se extiende la placenta sobre el techo para que se la coman las aves porque esto se considera favorable para el crecimiento del amor entre dos padres. 

Por el contrario, en las ciudades era más seguro esconder la placenta en el hogar familiar. Generalmente, era el padre el que enterraba la placenta inmediatamente después del nacimiento, en el sótano o en un edificio vecino, para que el hogar pudiera beneficiarse de la fuerza y nutrirse de sus cualidades fértiles. En algunos países, la placenta de una niña se enterraba a la izquierda de la puerta principal y la de un niño a la derecha. En alguna ocasión, era necesario evitar que un animal u otra persona se quedara la placenta, porque esto pondría en peligro la fecundidad de la pareja y la familia. Mientas que la persona a la que perteneciera la placenta se quedara en su campo de acción, no le podría ocurrir nada malo. 

La proximidad de la placenta podría fortalecer a los niños, especialmente a los más débiles. Las mujeres de las islas Tobriand entierran la placenta en el jardín para hacer del niño un futuro buen jardinero. En el linaje Batak en Sumatra, la placenta se entierra bajo la casa o se mete en una urna de tierra que se entrega, bien cerrada, al río. Se cree que así se impide que el niño sufra más tarde el síndrome de manos o pies fríos, considerado como una influencia negativa de la placenta. 

Aún en Sumatra, como en casi todos los pueblos de Indonesia, se llama a la placenta el hermano o hermana menor del recién nacido. Una fórmula de rezo de los Karo-Batak de Sumatra dice "ven, hermano mayor y hermano pequeño (así se designa al liquido amniótico y la placenta) que habéis crecido conmigo". Estos espíritus protectores no son objeto de de atención en el transcurso normal de la vida, pero ante un peligro, son llamados como ayuda. Se cree que siguen a los hombres a donde quiera que vayan y que es posible oírlos. Ellos son los hermanos de los hombres e influyen positivamente en los Karo-Batak a los que "pertenecen".  

En Nepal, la placenta se llama Bucha-co-satthi (amigo del niño/a). Los Malayos la consideran como un miembro de más edad de la hermandad. En ocasiones, cuando un niño sonríe de forma inesperada, los padres dicen que juega con su hermano mayo, la placenta. 

Urnas para la placenta

En el siglo XVIII en Alemania y Francia los padres creían que un hijo/a podía llegar a ser hermoso, inteligente y virtuoso si la placenta se enterraba justo después del nacimiento cerca de la casa. Según las creencias de la época, tirar la placenta podría hacer a la madre infertil. Esta superstición llevó a algunos a utilizar este método de control de la fertilidad. En Sudán, la placenta se entiende como un retrato del hijo y se entierra en un lugar que simboliza el deseo que los padres albergan respecto a su hijo. Algunas mujeres sudanesas entierran la placenta cerca de la Facultad de Medicina de la Universidad de Jartum con la esperanza de que su hijo se convierta en médico. 

En muchas culturas de todo el mundo sigue viva la necesidad de enterrar la placenta. Desde los pueblos de los Andes a las culturas indonesias es habitual enterrar la placenta bajo la casa en una caja de forma especial. Al igual que los alemanes de los siglos XVII y XVIII, las mujeres temen que el alma de su hijo/a sufra por la separación del órgano que le dio de comer y le dio la vida. Tal sufrimiento se considera que afecta al futuro desarrollo del niño/a. Las mujeres turcas afirman que esta costumbre aún existe entre ellas y que fue introducida en el país por los árabes del oeste. 

En Alemania, el Institut für Vor-und der Universität Tübingen Frühgeschichte (Instituto para la Historia antigua e prehistoria de la Universidad de Tubinga) ha encontrado urnas que habían permanecido ocultas desde hacia 350 años. Estas urnas para la placenta tenían una forma característica y nunca fueron utilizados para otra cosa que guardar este órgano. Estaban pintadas de motivos llamativos, y a veces también tenían las iniciales de su dueño. Algunas de las urnas encontradas cerca de Sindelfingen y Bonn fueron enterrados en el suelo del sótano, abiertos hacia abajo. Tal vez se trata de la expresión de un miedo frente a los espíritus que permanecían en la placenta. Para evitar que estos espíritus escaparan, había que usar rituales mágicos como medida de protección, como la práctica de cubrir o poner boca abajo la urna. 

Varios testimonios orales de la región de Heilbronn y la Selva Negra indican que, sobre todo en las zonas rurales, el conocimiento relativo a los ritos relevantes de entierro de la placenta se han conservado hasta nuestros días. Una exposición en otoño de 1997 en Bönningheim mostró diferentes reproducciones de urnas para placenta y también algunas originales. Manos Nathan, un artista originario de Nueva Zelanda donde el entierro de la placenta se sigue prácticando hoy, ha creado una urna para placenta moderna, decorada con figuras mitológicas para recordarnos que los hombres proceden a la vez de una madre humana y de la Madre-Tierra. Los padres pueden adquirir estas urnas de barro para enterrar la placenta de su hijo/a. 



Talismán y ornamento amniótico

Incluso hoy en día en muchas partes del mundo, si un niño/a necesita que su "doble" le proteja, lleva alrededor del cuello un trozo seco de su placenta. Muy a menudo un trozo de cordón o de membranas se seca y se coloca en una cadena de oro cosida en el dobladillo de un traje o escondido en la cartera. Los jóvenes superarán mejor las experiencias decisivas, como el inicio del colegio o la inspección del servicio militar, si llevan con ellos un trozo de su "hermano gemelo" para fortalecerlos. 

Como se indican en los informes del pueblo de Backnang, aun en el siglo XIX el cordón era cuidadosamente conservado por la madre, para que más tarde pudiera servir como talismán para su hijo. Se cosía en el dobladillo de un traje para que en el sorteo del servicio militar, su hijo tuviera un número que significara su exención. 

Entonces, el cordón es el garante de las capacidades manuales y espirituales del niño/a. En el Franco Condado, se dice de un niño deficiente mental que "no lleva su ombligo en el bolsillo". Los isleños del Pacífico hacen un nudo en el cordón antes de que se seque: más tarde, cuando el niño sea capaz de deshacer este nudo del cordón momificado y duro, será admitido en la comunidad adulta. En la Alemania del siglo XVIII se atribuyó gran importancia al trozo del cordón seco: cuando el niño tuviera entre 5 y 7 años, los maestros de Besigheim en Baden-Württemberg evaluaban la inteligencia y vivacidad del niño según su velocidad para deshacer el nudo. 


atrapasueños con el cordón -
 via Placentera
Tanto en Europa como en África, se conserva el cordón seco bajo la almohada del niño o se ata a su pequeña cama. En Tanzania, el cordón se ata con un largo hilo de algodón negro que se coloca alrededor del cuello del recién nacido durante 10 días. Una tribu del Amazonas transforma el cordón en una pulsera decorada con perlas que el bebé puede morder cuando le salen los dientes. Los aborígenes australianos fabrican collares con el cordón umbilical, que el niño/a lleva para protegerse de las enfermedades. 

De igual manera, la placenta seca cumple la misma función que el cordón umbilical. Algunos pueblos secan un trozo de las membranas hasta que se quedan duras como la piedra. Como un amuleto, lo llevan en el bolsillo del pantalón, bolsa o cinturón para atraer la suerte y el dinero. En Tanzania, la placenta es enterrada por la matrona en el patio de la casa con sal y unas pocas monedas. Esto se hace en secreto para evitar el mal de ojo: los vecinos, envidiosos de esta promesa de riqueza, pueden echar un mal de ojo sobre la placenta y así poner en peligro el éxito del niño/a. 

Cuando un bebé tiene la suerte de nacer envuelto en sus membranas, los padres querían guardar un trozo pequeño de la membrana. La piel (amnios) se estira para secar y luego, como un pergamino, se pinta con símbolos tomados de la religión, la astronomía y la naturaleza. En los países islámicos, el motivo más elegido es el Ojo de Fátima, mientras que en los países cristianos es una imagen del santo patrón del niño/a. Se elaboran brazaletes hilados en filigrana de las membranas, destinados a ir sujetos en las muñecas o el tobillo. En Alemania, este tipo de pinturas pueden integrarse en estampas que se cuelgan en las ventanas o en obras de arte. Los joyeros incorporaban encantados el amnios a los collares o anillos. En el bautismo de un niño/a, no hay un regalo más personal que una joya confeccionada con su propia membrana. 

En algunos países industrializados moderlos, los padres conocen la práctica que consiste en conservar un pequeño trozo de placenta para hacer gránulos homeopáticos. De este modo, el niño puede seguir beneficiándose de las fuerzas de la placenta que le han dado la vida antes de nacer y los usa para hacerse fuerte frente a enfermedades infantiles o situaciones peligrosas. Los gránulos de placenta son una forma propia de su "hermano espiritual" de antes y se conservan fácilmente cerca del niño/a. Muchas madres todavía creen hoy en día en las ventajas terapéuticas de la placenta, como lo hacían las madres de hace 200 años. ¿será posible explicar científicamente estas ventajas?